PRIMER CAPÍTULO DE UNA SUMISA NADA CONVENCIONAL

SEGUNDA ENTREGA DE LA TRILOGÍA "LA PASIÓN DE ELENA"

UNA SUMISA NADA CONVENCIONAL LIBRITO.png

Malvada esperanza

La reina malvada de este cuento es la que más cuentos tiene para contar, acaparando cantidades de vivencias sexuales que utiliza para enfrentarse a una soledad, que pretende instalarse en su interior a la fuerza.

La carencia de compasión y entendimiento, demostrada por aquel al que tanto llegó a entregarse, dejó un vacío alojado en su alma que tiende a protagonizar aquellos sueños en los que la dichosa esperanza confecciona un disfraz de cuero con los restos de cuanto pudo llegar a desear.

Esperanza que se alimenta de las horas de los días en los que acabó conviviendo con ella, llenando su armario con vestidos que solo sirven para ocultar el color de su piel, confeccionados a base de tejidos porosos por los que se escapan, hacia los sentidos, cuantos aromas desprende el sexo que tanto suele enloquecer a aquel que sabe apreciar las fragancias que se desprenden del placer.

La tiranía con la que gobierna el silencio, tratando de esconder en su interior cuantos secretos no benefician, se queda sin aquello que tanto ama por insistir una última vez a sus malas ideas para que permanezcan con la boca cerrada; la tiranía con la que el silencio decide no romperse jamás en un “te necesito tanto”, eso es lo que jamás permitirá que ambas partes sean escuchadas por igual para lograr recomponer aquello que se retiró en mil pedazos hacia la zona sombría de los corazones.

Arropada con las miradas de los vecinos de Adán y envuelta en esa manta, Elena dejó caer de sus ojos alguna fugaz lágrima mientras se ponía en marcha. Acto seguido, montó en su coche y se dirigió a casa para darse una cura de descanso en su cama.

De camino aprovechaba las paradas forzosas de los puñeteros semáforos para leer todos los mensajes de WhatsApp que no cesaban, Ana y Lidia estaban tremendamente preocupadas por ella. Pero de entre todos esos mensajes había uno de Adán que decía:

—Hola, Elena, buenos días. Espero que no hayas tirado mi manta al contenedor de la esquina. ¡Ja, ja, ja! Quiero recuperarla, y no solo la manta. Si te parece bien, te llamaré cuando salga a mediodía del trabajo. Un beso.

Elena le contestó inmediatamente:

—Querido Adán, la mierda de manta la he tirado a la basura, por lo que te la puedes meter por el culo. He pasado la noche al sereno y estoy muy quemada y dolorida, pondré mi móvil en modo avión para descansar. Por otro lado, creo que hemos tocado fondo. Fui a tu casa para tratar de entender qué cojones pasa contigo y me encontré con un arrogante, estúpido, oculto y escondido tras las cortinas de salón. ¡NO, NO ME LLAMES! Me marcho un par de semanas de vacaciones en cuanto me levante. No tengo muy claro si mereces a alguien como yo. Un beso, “AMIGO”, por llamarte de algún modo.

Automáticamente Adán llamó a Elena, pero esta rechazó la llamada y le bloqueó en todas partes.

La puta pastilla cambió el curso de todo. Jamás tuvo intención de quedarse en su puerta como un perro, haciendo guardia toda la noche. Eso es lo que más la enfureció, pensó incluso llamar al trabajo para cagarse en la puta madre de la gilipollas que se la había dado, pero lo dejó correr en un acto de sensatez, pues al estar tan encabronada, seguro, la liaría parda.

Contestó a los mensajes de sus amigas para tranquilizarlas explicando lo ocurrido y pidiéndoles calma para que le permitiesen descansar, eso evitaría que siguiesen llamándola.

¡Ring, ring! Su móvil sonó antes de terminar de escribir.

—Hola, Ana, cariño. He estado ausente porque la pastilla que me dieron me dejó frita mientras esperaba en la puerta de este capullo para hablar con él. El muy hijo de puta me dejó como un perro en la puerta toda la noche, pero, para bien o para mal, nunca lo sabré; me quedé frita y no me enteré de nada, excepto de la vergüenza que me come por dentro al verme observada por los cuatro gilipollas de turno, solo les faltó sentarse a mi lado para pedirme explicaciones, que me voy a cagar en la hostia puta.

—Bueno, bombón, lo importante es que estés bien. ¿Lo estás, verdad?

—Sí, Ana, mejor que nunca. Voy a coger la pasta que gané y, en cuanto me levante, me marcho de vacaciones. ¿Te apuntas?

—No puedo, nena. No tan de golpe, pero creo que haces bien. Baila, folla y ríete cuanto puedas.

—Vale. Me voy a Benidorm. Buscaré un buen hotel que tenga de todo y lo más cerca posible de la playa. Cuando esté instalada, con un buen mojito y tíos buenos pintando la mona por la arena y alegrándome la vista con sus paquetes, te pego un toque, ¡ja, ja, ja!

—¡Hostia, cómo mola! En Benidorm hay de todo. Lo pasarás en grande, pero lo que más me mola es oírte reír, esa es mi amiga. Envidio lo fuerte que te has vuelto, cariño. Además, algo me dice que esto no te ha venido mal del todo.

—Venga, Ana, te dejo. Hablamos pronto.

Nada más entrar por la puerta, Lidia, que ya había hablado con Ana la noche anterior tratando de averiguar si algo malo le había podido pasar a Elena, se le arrojó a los brazos llorando en un claro acto de liberación el estrés acumulado.

—Elena, me tenías muy preocupada. ¿Qué ha ocurrido?

—Nada, nenita. Es un poco largo de contar, lo único que pue-do decirte es que este cabrón se va acordar de Elena durante mucho tiempo.

—¿Te ha pegado?

—¡Qué va! Es otra historia, ya te contaré. Vengo rota, me ducho y me acuesto. Tú llama al trabajo a ver si puedes cogerte algunos días libres, que te invito a unas vacaciones en Benidorm.

—¡Hostia, cómo mola! No sé si podrán dármelos, pero lo veo.

—Vale. Me voy a la ducha y a echarme un rato, después lo vemos.

—Mientras te duchas, preparo algo de comer. ¿Qué te apetece?

—¡Ay, nenita, genial! Hazme un sándwich de algo ligero.

Lidia se apresuró a llamar a su jefe mientras Elena se duchaba.

¡Ring, ring!

—Hola, Lidia, dime —respondió Valentino.

—Hola, buenos días. ¿Me podrías adelantar algunos días de mis vacaciones, ahora que está baja la faena?

—Sí, en principio, pero… ¿ocurre algo?

—Más o menos. Es un tema familiar, aunque no es nada serio.

—¿Cuántos días necesitas?

—Los que me puedas dar.

—Bueno, dame unos minutos que mire con Reme cómo estamos de reservas. Si la agenda no está muy congestionada, no creo que haya ningún problema.

—Genial, gracias. Hasta ahora.

En el transcurso del tiempo empleado en aclararse con Valen-tino y preparar un sándwich, Elena se había duchado y dormía ya sobre la cama como un lirón. Y allí quedó Lidia, frente a su cama, observándola. Pudo apreciar que aquella preciosa cara se contraía con angustia, como si alguna pesadilla estuviera invadiendo sus sueños. Se sentó a su lado y comenzó a acariciarla con mucha suavidad para intentar calmarla mientras, con voz muy bajita, le decía:

—Descansa tranquila, estoy a tu lado y velaré por tus sueños.

Lidia se quedó quieta, como una guerrea guardiana de los sueños hasta que cayó rendida a su lado, claro signo de no haber dormido nada la noche anterior; la preocupación por Elena había hecho mella en ella. Las sombras de la habitación se dedicaron a desplazarse, bailando por las paredes al ritmo de las horas de un sol inquieto que también se rindió a la dama oscura de la noche.

Bien agotaa la tarde, la primera en mostrar sus preciosos ojos verdes al mundo fue Elena. Estos se clavaron como espadas espartanas en los muslos de la joven Lidia, estaban entreabiertos y algo sudorosos. La poca luz de la luna que entraba por la ventana los hacía brillar con una luminiscencia de color deseo. No tardó en posar sus manos sobre ellos. Con mucha habilidad, comenzó a separarlos para dejar a la vista unas braguitas de color carne que se habían incrustado dibujando los labios de su coñito. Sobresalía un pequeño pero endurecido clítoris que hizo que su boca comenzase a salivar. Su mano, como si tuviera vida propia, agarró por encima de las braguitas ese marcado clítoris en un contundente pellizco que provocó un leve suspiro de Lidia. Eso no detuvo a Elena que no dejó de apretar, al contrario, empezó a hacerlo con más fuerza a la vez que comenzaba a retorcerlo. No tardó en aparecer una pequeña mancha de flujo en esas bragas provocando que Elena se pusiera totalmente cerda y con unas ganas locas de lamer ese precioso coño. La nenita por fin acabó por abrirse como una flor, dejando asomar unos pelitos negros y pegados a las ingles por la humedad. Elena se abalanzó y, tras lamer un poco las braguitas, empezó a mordisquear por encima de la suave tela aquel delicioso chochito. Lidia sabía que a su ama le gustaba que permaneciese en silencio y así lo hizo, permaneció callada, mordiéndose los labios y ofreciendo su manjar a quien mostraba tan goloso deseo. Se corrió en el más absoluto silencio y un fino hilo de flujo salió de su vagina para fundirse en las braguitas con la saliva de su torturadora ama. Esta se las arrancó con tal brusquedad, que a punto estuvo de infringirle pequeños arañazos en los muslos con las costuras de las mismas.

—¡Dame coño, nena, dame coño! —dicho esto, metió las manos por debajo de sus glúteos y, dándole la vuelta como si de una ligera muñeca se tratase, la puso encima de su boca—. ¡Fóllame la boca! ¡Úsame, perra! ¡Córrete o te cruzo la cara! ¡Córrete sin parar! ¡Dámelo todo, putita!

—¡Sí, mi ama! Disfruta de lo que es tuyo.

—Ábrete bien la rajita. —Elena lamió sin parar, como una persona con hambruna a la que le han dado un chuletón y corriendo sin parar a su zorrita, que a esas alturas ya no podía contenerse y gritaba como una posesa a la vez que le follaba la boca con desesperación. Lidia se inclinó sobre ella, quedando a cuatro patas con las manos apoyadas sobre los calientes muslos de Elena, suplicándole que le dejase lamer, pero esta extendió su mano derecha hacia donde se encontraba la cara de Lidia y le propinó una ligera bofetada—. ¡Estate quieta, perra! Cuando yo lo decida, me darás placer.

—Sí, ama, perdona mi torpeza.

Elena no dijo nada más, se limitó a sujetarla con fuerza por los glúteos a la vez que le clavaba dos dedos en el culo. Eso provocó que a Lidia se le escapasen dos o tres gotitas de pis que se deslizaron por la barbilla de Elena.

—¡Ummm! Mi perra se mea de gusto. Solo por eso te voy a ofrecer, para que te monten como a la perra viciosa que eres. ¡Quítate de encima!

—Sí, ama.

Elena se incorporó y la cogió por el pelo. Tirando de ella, se la llevó al salón obligándola a caminar como un animal gatean-do, se sentó en el sofá con las piernas bien abiertas y, dándole otra bofetada, le dijo:

—¡Ponte a lamer coño, putita!

Mientras esta lamía, cogió su móvil y, a duras penas, por el temblor que le producía el correrse en esa deliciosa boca, acertó a buscar en su agenda el teléfono de Manuel, aquel chico que resultó ser dominante y con el que tan a gusto folló en su día.

El teléfono sonó varias veces y, cuando estaba a punto de desistir, respondió.

—Hombre, María Elena, ¿qué tal? ¡Cuánto tiempo!

—Elena a secas, si no te importa.

—Por supuesto, es que no tenía claro tu verdadero nombre. Cuéntame, ¿qué es de tu vida?

—Poca cosa —mientras decía esto, se le escapó un gemido de placer, pues estaba corriéndose en la boca de su puta—, necesito que vengas a mi casa ahora —dijo como pudo.

—Estoy un poco lejos. Puedo ir, pero tardaré al menos un par de horas.

—¿Estás follando o vas a follar?

—No, que va. Estoy a punto de entrar al cine con unos amigos.

—Vale, porque te quiero bien lleno. Quiero que dejes a mi perra chorreando leche por todos y cada uno de sus orificios.

—¿Tu perra? ¿Tienes perra?

—Sí.

—¡Ja, ja, ja! Muy bien, solo espero que sea humana, ¡ja, ja, ja!

—Sí, hombre, tranquilo. Todavía no me ha dado por esas rarezas, ni creo que me dé. ¡Ummm!

—Elena, ¿te estás corriendo mientras hablamos?

—Sí. Tengo a mi nenita lamiéndome el coño aquí tirada en el suelo entre mis piernas. Espera, saluda a mi amigo, se llama Manuel.

—Hola, Manuel, soy Lidia.

—Hola, Lidia, qué voz más sensual tienes.

Iba a decir gracias cuando Elena le apartó el teléfono, y señalándole su coño con el dedo le dijo:

—¡Ponte a lamer! Y tú, Manuel, metete en el cine y ya nos veremos otro día; voy a buscar un tío para ya, adiós.

—Espera, Elena, espera, voy ahora mismo. Le digo a mis amigos que me ha surgido algo y voy. Por cierto, ¿quieres que me lleve a un colega? Es un buen follador.

—No. Si no te importa, prefiero que vengas tú solo.

—De acuerdo.

—¿Qué tardas entonces?

—Si no hay mucho tráfico, unos quince minutos más o me-nos.

—Que sean diez.

—Lo intentaré, pero no creo.

—Entiendo.

—Venga, Elena, te cuelgo, nos vemos ahora.

—Okey, hasta ahora.

Nada más colgar, Elena arrojó el móvil al sofá, agarró a Lidia con ambas manos por la cabeza y empezó a restregarle la cara contra su coño.

—¡Así, puta, me corro! ¡Así zorra, abre la boca, saca la lengua! —Lidia obedeció con gusto mientras Elena le inundaba la boca de caldo, pues el hecho de imaginarse lo que se avecinaba la puso mucho más caliente si cabía—. Vale, nenita, ahora quiero que te duches, te pintes como una auténtica puta de club y te pongas tú trajecito de enfermera de látex. Sin bragas, quiero que me des un buen espectáculo. Hazme sentir orgullosa de ti, quiero correrme sin parar viéndote follar.

—Elena, yo sin condón… y un tío que no conozco de nada, va a ser que no. No es por crear mal rollo y negarme a tus juegos, pero te lo comento porque le has dicho que me llene todo y, por un rato de morbo y placer… no quiero estar comiéndome la olla pensando en cosas raras.

—No te preocupes, este es un tío sano. Además, es asiduo al Polvos Mágicos, y ya conoces las normas del club.

—Ah, vale, pues no se hable más. Me voy para la ducha.

—Sí, ve yendo ya que ahora voy yo. ¡Empápate todo el cuerpo de agua y espérame a cuatro patas en la bañera!

Lidia esperó como se le había ordenado, hasta que Elena entró en el baño pasados un par de minutos. Se arrodilló frente a la bañera, cogió el telefonillo del agua con una mano y la esponja en la otra y, con mucha delicadeza, fue echándole agua caliente por el cuerpo mientras la enjabonaba, dedicándole un buen masaje en culo y coño, tratando de darle el máximo placer posible. Y ahí estaba Lidia, como la perrita que era, corriéndose en las manos de su ama.

—Méate, zorrita, desahógate para que nada te haga parar a mitad del juego y jodamos la fiesta. Hay muchos tíos que con ese tipo de interrupciones se les corta el rollo, y te comes dos hostias si me dejas sin ver el final de la función. Porque además, nenita, lo que más me pone son los fuegos artificiales del final.

El tiempo, como buen cabrón y enemigo de los momentos de placer, aceleró cuanto pudo aprovechando que a ambas mujeres se les fue el santo al cielo. Antes de reaccionar a esta situación, sonó el timbre.

¡Ding dong!

—Coño, nena, que este tío ya está aquí.

Se secó las manos y se apresuró hacia la puerta para recibir a Manuel. Justo antes de salir del baño, se giró para decirle:

—Sal ya de la bañera y arréglate. Sin prisa, pero sin pausa. Tarda, pero no mucho. Quiero que mi perrita caliente logre crear tal nivel de desesperación a este tío por pillarte que salga loco. Vamos, que lo quiero con el rabo más duro que la pata de la cama.

—Así lo haré.

Elena abrió la puerta y ante ella apareció un Manuel algo cambiado: más musculoso, el pelo algo más largo con un poco de melenita y embutido en un vaquero tan sumamente estrecho que parecía que solo contenía polla. ¡Vamos! Como si fuese una funda de tela vaquera hecha específicamente para rabos XXXL; o al menos eso era lo que imaginaba Elena al ver ese paquete tan espectacular. Le parecía una funda a la que le hubiesen añadido unas alforjas para llevar los cojones aparte, el dichoso vaquero marcaba un buen rabo o hacia un lado ya empalmado.

—Hola, bombón.

—Hola, Manu, qué bien te veo, chico.

—Tú, ni que decir, ¡estás tremenda!

Dicho esto, se dieron un par de sonoros besos.

—Pasa y siéntate.

—¿Dónde está la…?

Elena le interrumpió sin dejarle acabar.

—Se está aseando un poco para nosotros.

—¡Ummm! —Y señalándose el paquete dijo—: Mira cómo estoy ya. —Mientras se sentaba, parecía que los botones del pantalón iban a salir disparados por la presión que ejercía sobre ellos la dureza de ese pollón.

Elena permaneció de pie frente a Manuel. Subió un pie encima del sofá y su bata se abrió dejando ante los ojos de él un precioso coño con unas pequeñas manchitas de espuma entre los labios por la concentración de flujo. Manuel alargó la mano y comenzó a acariciar aquel sucio y sabroso coño, Elena se agarró a su muñeca y, restregándose como una perra en celo, se folló la mano de Manuel. Mientras se corría, pudo apreciar cómo Lidia, semiescondida y apoyada en la pared del pasillo, se masturbaba frenéticamente. Elena trató de hacerse entender por Lidia mediante gestos con la cabeza, le indicaba que regresase al baño a terminar de arreglarse. De paso, ella podría seguir jugando y poniendo lo más caliente posible a Manuel. Él estaba tan embelesado corriendo ese coño que no se percató.

Manuel retiró su mano para que ella no siguiese corriéndose y comenzase a jugar con su polla. Elena, como buena perra y conocedora del juego al que Manuel estaba claro que la iba a someter, se arrodilló frente a él. Fue la torpeza, quizás por lo caliente que estaba, la que provocó que no pudiera dar pie con bola a la hora de sacar la polla del puñetero vaquero de los cojones, tampoco es que el tamaño del trasto facilitara mucho las cosas que digamos. Manuel tuvo que intervenir casi con urgencia, viendo que esta era capaz de romperle el rabo si fuese necesario para tenerlo entre sus manos.

—Espera, estate quieta que me la vas a romper, ya te la saco yo. —Se bajó el pantalón y los slips con cierta torpeza también, por lo mencionado anteriormente, hasta dejar sus atributos bien expuestos. Entonces, ella cogió las dos manos del hombre y se las llevó a la cara a la vez que ponía las suyas en la espalda en una clara invitación a que este usara su boca.

—¡Ummm! ¡Ven aquí a chupar polla, puta! —Y de una taca-da le metió hasta la garganta semejante rabo, aprovechando para hacerse una buena paja con su boca.

—Espera, Manuel —dijo Elena cuando, tras una pequeña lucha, consiguió dejar su boca libre—, espera. ¡No se te ocurra correrte! Quiero ver a mi perrita chorreando leche, quiero que la empales y que la trates como te dé la gana.

—Vale, tranquila. Llama a esa perra para que se presente aquí inmediatamente, y tú muéstrate también a cuatro patas para que yo pueda disfrutar de dos buenas hembras. Ponte el suelo, delante de mí, bien abierta para que yo pueda verlo todo y disfrutar de dos putas a la vez. —Elena se quedó un rato quieta, quizás por-que no terminó de entender la orden de Manuel, por lo que él, y esta vez con mayor brusquedad en sus palabras, le dijo—. ¡Que no te lo vuelva a repetir!

A los cinco minutos apareció en el salón una putita de ensueño, toda enfundada en cuero y con un abultado collar de perra que le tapaba prácticamente toda la garganta.

—Hola, yo soy Lidia.

Manuel la cogió por la anilla del collar y tiró con mucha brusquedad de ella hacia el suelo. Cuando la tuvo de rodillas, le soltó un buen par de bofetadas, ¡plaf, plaf!

—¡Tsss, a callar! Hablarás cuando yo te lo permita y, solo por lo mucho que me has gustado, te dejaré que subas encima de mi rabo y te pongas a cabalgar.

Parecía una maniquí de escaparate de sex-shop.

—¡Abre la boquita y metete mi polla bien adentro!

Lidia miró a Elena, que ya se había vuelto hacia ellos para ver el espectáculo, buscando con la mirada su aprobación. Esta le indicó con un gesto que adelante.

—¿Miras a tu dueña? ¡Pues mírala bien mientras me mamas! —Dicho esto, se acomodó de tal forma que ambas mujeres se pudiesen mirar a los ojos. Lidia mientras mamaba y Elena viéndola comer polla.

Antes de que pudiera coger aire ya la tenía con la polla incrustada en la garganta sin poder respirar, dándole pollazos a saco. La zorrita no tardó en llenar los cojones de Manuel de saliva haciéndole una colosal mamada.

Sin soltarla del collar, como quien tiene fuertemente cogido a un perro de presa que quiere atacar, la hizo subir y, con muy malas formas, se la montó encima clavándole hasta los cojones en su dilatado y mojado coño.

—¡Ufff! ¡Qué rica! ¡Qué coño más delicioso! Joder, nena, me vas a correr ya, sácate las tetitas que me las coma mientras te lleno. Te voy a desbordar el coño y el culo, córrete encima de mí… ¡Córrete, bombón!

Pero Lidia sentía algo de molestias y debido a esa incomodidad le costaba correrse, hasta que Elena le susurró al oído:

—Te han ordenado que te corras, ¿a qué coño esperas para hacerlo? —Antes de terminar de hablar, le introdujo un dedo en el culo. Se sentía tan gorda y grande la polla de Manuel en ese pequeño coñito que apenas dejaba espacio en el ano para que Elena pudiera introducirle el dedo hasta el fondo. Pero cuando lo hizo Lidia se empezó a correr sin parar. Manuel se levantó con ella en brazos y ahí de pie la hizo deslizarse a lo largo de su polla sin parar, hasta que de su hendidura empezaron a brotar gruesos chorros de leche que resonaban al caer al suelo por su espesor.

—¿A qué esperas, Elena? ¡Ponte a lamer!

—Macho, es que eres un pedazo de cabrón y un grandísimo hijo de puta. ¡Cómo estás poniendo a mi zorrita de leche!

—¡Qué te pongas a lamer!

—Sí, por supuesto.

Manuel elevó a Lidia un poco más, casi hasta el borde, pero teniendo cuidado de que su polla no abandonara el interior del coñito. Dejaba a la vez el suficiente espacio a Elena para que los muslos de Lidia no le impidiesen y pudiera darle una buena lamida de cojones al mismo tiempo. Aquella polla no tenía fin, no se bajaba, seguía dura dentro de Lidia. La sacó manteniéndola en el aire y, haciendo un habilidoso movimiento de brazos, le dio la vuelta. Apoyando su pecho contra la espalda de ella, la dejó caer sobre su rabo y se la clavó hasta el fondo en el culo, dejando el coño bien abierto tirando semen frente a Elena que se estaba corriendo con solo ver el polvazo que le estaban pegando a su hembrita. Los cojones de Manuel se aplastaban sin parar cada vez que la bajaba y al mismo tiempo brotaba una nueva gotaza de leche del coño.

—Come coño, Elena, cómetela. Yo te la sujeto.

El cuadro era de la hostia, esa gatita empalada con el coño chorreando y el clítoris rojizo, bien despejado y expuesto. Elena no pudo más y se lanzó a lamer, a mordisquear, a comerle los pezones y la boca. Lidia estaba bien abierta en canal con sus brazos hacia atrás y sus pequeñas manos agarrándose a la nuca de Manuel mientras a este le reventaba la polla.

—¡Quieto, no te corras! Para, suéltala y bájala, que esto hay que hacerlo bien.

Manuel bajó a Lidia y pidió ir al baño para asearse  un poco.

—¡Lávate el rabo y ven aquí en seguida!

—Sí, y tú prepárame algo fresco, porfa.

—Okey.

Cuando regresó del baño, Elena estaba a cuatro patas en el suelo y Lidia, tumbada debajo, le comía el coño. Cuando Manuel vio el espectáculo, se acercó por detrás y empezó a montar a Elena.

—No te corras dentro, sácala y tírale todo a mi perra en la cara, llénale la cara a esta putita.

—Haré algo mejor.

Y desobedeciendo a Elena, sacó la polla y lanzó toda su carga contra el coño y culo de Elena, cosa que a ella le sentó como un tiro. Se incorporó de una y, con una mala hostia que descolocó a Manuel y a Lidia, dijo:

—¡Hasta aquí hemos llegado! Vístete y sal ahora mismo de mi casa. Eres un gilipollas, me has arrebatado el único capricho que hoy me quería dar con mi nenita.

—Tranquila, tía, que yo me pongo rápido otra vez a tono y lo hago como tú quieras. Ya te he demostrado que conmigo se puede follar a la carta. De hecho, eso es algo que tú ya sabes.

—Manuel, por favor te lo pido, sal cortando de mi casa. Carta la que te doy yo, de despido. Y más después de haber descubierto que no tengo por qué hacer las cosas como digáis los tíos. Que por dar cuatro azotes y dos órdenes mal dadas, os creéis que ya sois amos. Te aseguro que estás muy lejos de serlo, así que, y de una puta vez, ¡fuera pero ya!

—Joder, tía, estás loca. Tranquila que ya me voy.

—¡Perfecto, adiós! Lidia acompáñale tú a la puerta de la calle.

Y dicho esto se fue prácticamente llorando hacia el baño.

—¿Qué le pasa a esta mujer? Madre mía, me he quedado loco.

—Digamos que no está en su mejor día, será mejor que te marches, porfi.

—¿Quieres que nos veamos tú yo solos algún día? Me ha encantado follarte. ¿Quieres apuntarte mi móvil?

—Pues he pensado que no. Tú y yo follaremos cuando Elena lo decida, no pienso hacer nada que ella no apruebe previamente.

—Joder, qué rollito más cuco lleváis, vaya tela.

—Eh, chaval, no te columpies. ¡Va, lárgate ya!

—Vale, tía, ¡que os den!

 —¡Que te den a ti, soplapollas!

Manuel se marchó pegando tal portazo que Lidia tuvo que ponerse delante de Elena para frenarla puesto que se abalanzó a mano alzada para darle un par de hostias al pintamonas.

—Déjalo, Elena, no merece la pena, ya se ha ido.

—Vale, bombón. Vamos a cenar por ahí, yo invito, pero cámbiate por algo más decente, ¡ja, ja, ja!

Las dos mujeres rieron a carcajada limpia. Lidia puso algo de buena música con el volumen a todo trapo. Se marchó a la cocina y apareció contoneando su cuerpecito de manera no muy agra-ciada, cosa que compensó llevando una cerveza en cada mano.

—Venga, Elena, por el comienzo de nuestras vacaciones.

Y bailoteando y brindando se asearon, se arreglaron y se marcharon en busca de una mesa para cenar por Madrid.

Elena se paró a observar detenidamente su móvil y vio que tenía como diez llamadas de un número oculto. Supuso que sería Adán quien habría usado esa estrategia al verse bloqueado. A punto estuvo de llamarle para decirle que la dejase en paz, pero optó finalmente por dejarlo correr.

—¿Va todo bien, Elena?

—Sí, nenita. Seguro que es el gilipollas de Adán; como le he bloqueado, lo intenta con número oculto.

—Aún no me has contado qué es lo que te ha hecho y seguro que ha tenido que ser muy gordo.

—Da igual, se ha portado como un auténtico hijo de puta, y yo me tomé una pastilla que me dieron en el curro y me quedé dormida en su puerta toda la noche.

—¿Y no salió a hablar contigo y que pasases a su casa?

—Que va, me dejo ahí tirada, pero si no te importa prefiero no hablar de ello ahora, lo que quiero es una buena cena y largarnos de este puto Madrid lo antes posible.

—Entiendo. Vale, no te preguntaré más, sobre todo después de ver cómo se lo has hecho pagar al moñas este que acabas de largar. De hecho, he llegado a pasar hasta miedo. ¡Joder, tía! Es que te has lanzado a su cuello como una vampira sedienta de sangre, espero no verte nunca cara a mí en ese plan.

—Claro, cabrona, a ti te ha follado que no veas.

—¡Ufff! Ya lo creo. Joder, qué tío, es un follador nato, pensé que me partía el muy cabrón.

—Nena, eres una viciosa, seguro que estás ya mojada.

—Pues la verdad es que sí.

—Todavía me acuerdo de la encerrona que te hizo Ana en mi casa cuando me quedé en el sofá haciéndome la dormida para ver tu reacción.

—Joder. Me acuerdo. Menudas cabronas fuisteis, me volvía loca mirándote y me moría por meter la lengua entre tus piernas.

A esas alturas de la conversación, las dos mujeres ya se encontraban dando tumbos dentro de lo que se considera el casco urbano de Madrid capital, en dirección al centro.

—¿Sabes, nenita?

—Dime.

—Quiero que te quites la ropa interior y que vayas sin nada debajo.

—Como gustes.

Dicho esto, Lidia se subió la falda y se quitó el tanga.

—Espera, quítatelo en el próximo semáforo. Cuando pare al lado de algún coche. Y si va un tío, solo procura que te vea.

—Veo que hoy estás cañera.

Pero el destino cabrón quiso que fuera Julia, la exmaltratadora de Lidia, quien estuviera al volante del coche que había parado al lado de ellas.

—¡Hostia, Elena! Me cago en la puta, no te lo vas a creer, mira con disimulo y flipa con la perra que conduce el coche que tenemos al lado. ¡Vaya tela! Si no lo veo, no lo creo. Será posible, es la hija de puta de Julia. Por favor, tira, sáltate el semáforo, haz algo por favor.

Lidia estaba aterrorizada, cosa que Elena no entendía, puesto que la niñata esa de mierda la intimidaba e imponía bien poco. De hecho, y para demostrar lo poco que le preocupaba, y de paso joderla un poquito, cogió por el pelo a Lidia justo en el preciso momento en el que Julia se percató de la presencia de ellas y comenzó a comerle la boca mientras le metía la mano por dentro del vestido y sacaba un pecho tirando del pezón. La cara de Julia era un poema y a punto estuvo de bajar del coche y liarse a hostias, pero recordó la que Elena le soltó en la terraza a ella y se lo pensó mejor. De sus ojos brotaron unas pequeñas lágrimas de rabia y odio, se abrió el semáforo y salió chirriando ruedas como la puta macarra que era.

—Mira, Lidia, puestas a joder a hijos de puta esta noche, nos vamos para Azuqueca a cenar al “Cid Tapeador” a ver si estuviese el cabrón que nos queda por fastidiar hoy.

—Joder, Elena, no, por favor.

—Ya lo creo que sí.

Y con esas mismas intenciones terminando de cocerse dentro de su cabeza y sin dudar ni un instante, cogió su teléfono del bolso, importándole bien poco que iba conduciendo. Sus ganas de joder superaban el temor a ser denunciada. Llamó al “Cid” con más intención que la de reservar mesa. Elena daba por hecho que Juan, automáticamente y casi con total seguridad, nada más colgar con ella llamaría a su amiguito del alma para informarle.

—¡Vaya tela! ¿Ese no es amigo de Adán?

—Sí, claro. ¿Por qué crees que hoy quiero que cenemos precisamente ahí?

¡Ring, ring!

—“Cid Tapeador”, dígame.

—Hola, buenas noches, quisiera hacer una reserva.

—Hoy imposible, estamos a tope.

—¿No tendrías una mesita pequeña? Solo somos dos.

Muy hábilmente y con la intención de hacerle saber quién era, le dejó caer:

—Juan, perdona. Soy Elena, la chica de Adán.

—Perdona es que tengo mucho ruido, ¿me has dicho que eres Elena de Adán?

—No.

Y esta vez alzando cuanto pudo la voz, repitió:

—Soy la chica de Adán, el escritor.

—Para mis amigos monto una mesa aunque sea en la cocina. Veniros para acá cuando queráis.

En esta vida parece ser que hay que ser muy hija de puta para que te toquen el coño solamente cuando tú quieres, a la vez que desarrollas la habilidad de tocar los cojones a quien quieras y cuando te apetezca. Por eso, Elena, en ningún momento le dijo a Juan que iba a cenar con una amiga en vez de con Adán. Esa era su baza.

Daba por hecho que este hombre esperaba a su amigo, puesto que llamó para reservar en su nombre y así asegurarse la mesa. Además se cercioraba de la asistencia de Adán para poder mirarle a la puta cara sin que el muy cabrón pudiera volver a esconderse tras las putas cortinas de su ventana. Así le devolvía la pelota.

—Muy bien, gracias. En media hora estamos allí.

Transcurrido ese tiempo, las chicas entraron en el local. Todos los hombres, como siempre, se deleitaron al ver pasar a semejante mujer. Además, Elena se había quitado la ropa interior en el coche antes de entrar y sus pechos se movían descontrolados a cada paso que daba: vestido ajustado, bien pintada y tacones del diez. Aquella mujer superaba con creces lo que se considera un portento, hasta las mujeres la miraban descaradamente. Juan salió de detrás de la barra, algo sorprendido al ver que quien acompañaba a Elena no era Adán, cosa que no le disgustó mucho y al ver a semejantes mujeronas. Salió como un perrito faldero babeando a recibirlas. Tras saludarlas con unos besos, que se aseguró que vieran el resto de hombres, y sacando pecho, las acompañó a una apartada mesa que improvisó para ellas pegada a la bodega.

¿Qué os voy poniendo de beber, chicas?

—Una botella de algún buen vino tinto.

Como si no hubiese más clientes en el bar, Juan salió como un tiro al más puro estilo correcaminos en busca de su mejor vi-no. En menos de cinco minutos ya les estaba poniendo sus ricas tapas sobre la mesa, a la vez que tragaba saliva devorando con los ojos el escotazo de Elena.

Las dos brindaron y comenzaron a cenar ante la atenta mirada de unos treinta pares de ojos.

Como cabía esperar, cuando estaban en el postre, entró Adán en el local y fue directo a la mesa de las chicas. El plan de Elena estaba yendo sobre ruedas, esta situación le provocó una leve e irónica sonrisa que tuvo que ocultar tapándose la boca con la servilleta para no ser vista por él, mientras que Lidia hubiera dado lo que fuese en ese momento por ser un avestruz y enterrar la cabeza en el suelo para no tener que presenciar la dramática escena, al más puro estilo de Shakespeare, que se veía venir.

—Hola, chicas, ¿me puedo sentar?

—¡Ni se te ocurra! Lárgate de aquí o monto tal escándalo que me cargo tu relación con Juan.

—Elena estás haciendo un castillo de esto, yo solo quería que supieras cómo me hiciste sentir.

—Yo cuando quiero decirle a la gente cómo me siento, lo que suelo hacer… ¿pero qué cojones tengo que contarte a ti? ¡Qué te largues de una puta vez, tío! —dijo levantando esta vez bastante el tono, tanto que uno de los hombres de la mesa de al lado se puso en pie y se dirigió a Elena.

—¿Le está molestando, señorita?

—Sí, nos está molestando y mucho.

—Mira, mejor será que te metas en tus asuntos. Es mi chica y solo quiero hablar con ella para arreglar algo entre nosotros.

—Pues a mí no me lo parece.

Dicho esto se levantó el acompañante de este hombre, un chaval de unos treinta años muy fuerte y con cara de pocos amigos.

—Mira, colega, o te piras ya o te saco a puñetazos por la vía rápida.

Adán se dirigió a Elena.

—Elena, para esto y no seas tonta; esto se pasa ya de madre.

—A ver, gilipollas. ¿Eres tonto o te lo haces? Que salgas de una puta vez.

Juan intervino muy sofocado y, cogiendo a Adán por el brazo, le dijo:

—Venga, amigo, sea cual sea tu problema con esta mujer esto en mi local no puede ocurrir. Por favor, acompáñame a la barra y te invito a tomar una copa.

—Sí, vete ya. ¿No ves que estamos con estos hombres?

Adán apartó de muy malas formas la mano de Juan de su brazo y salió a paso muy rápido del bar. En su rostro se dibujó una cara endemoniada. Elena estaba a punto de ponerse a llorar, pero se mostró serena y arrogante. Acto seguido, se giró hacia ese par de caballerosos hombres que habían salido en su ayuda, aunque algo sorprendida, pues, después de cuanto ha visto y experimentado con el hombre actual, daba por hecho que el caballero era una especie extinguida.

—Muchas gracias, amigos, ¿nos aceptáis una copa por vuestra gentileza?

—Por supuesto, y… si queréis os invitamos nosotros a una botella de cava.

—No, gracias, que luego toca volante para ir a casa. Y vivimos en Torrejón.

—Bueno, pues nos quedamos por aquí de copas.

Entonces Lidia, muy hábilmente, intervino.

—Es que yo entro en un rato a trabajar y mi curro es muy serio.

El primer hombre que salió al rescate iba a decir algo cuando el cachas le frenó.

—Déjalo, Gonzalo, a ver si después de haberlas ayudado a librarse de un tío plasta, lo vamos a ser nosotros para terminar de arreglarlo. Creo que nos podemos dar con un canto en los dientes y, dado el estado anímico en el que se encuentra esta chica, considero que poder tomar una copa disfrutando de tanta belleza es más de lo que hoy hubiera imaginado, yo por lo menos.

—Pues sí, la verdad, mil disculpas, chicas. De hecho, creo que, por haber sido algo grosero con tanta insistencia, debería ser yo quien invite a la copa; es lo que toca.

—Me parece justo —dijo Elena.

—En ese caso, con vuestro permiso, acercaremos las sillas a vuestra.

—Claro, por supuesto.

Se tomaron la copa amparados en una muy agradable conversación y los hombres se marcharon como buenos caballeros educados. Elena pagó la cuenta y se marcharon a casa. Cuando llegaron, cada una se fue a su habitación y acordaron madrugar para preparar las maletas.

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