DOS CAPÍTULOS DE YO DEBO DE SER GILIPOLLAS

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PONTE TÚ QUE A MÍ ME DA LA RISA, GILIPOLLAS

 

Uno de los fenómenos más sorprendentes de nuestra sociedad, a mi entender, es el que se da en las colas de espera que se forman en los bancos, oficinas y sanidad en general. Entre ellos quiero destacar la que se manifiesta como un expediente X en los ambulatorios.

La tragedia se masca cuando un reducido pero escandaloso grupo de personas, que en su mayoría, y no todos, se dedica a bajar todos los días a coger cita con esa pobre víctima al que llamaremos médico de cabecera. Haciéndolo de esta manera, se aseguran una silla en cuantos pasillos y salas de espera están distribuidos por estos edificios. Los hay que, cuando un elemento de estos llega antes que otro, se sienta y lo primero que dice al que llega como tú o yo, por un catarro incurable, es decirle que esa silla está ocupada por una vecina que baja ahora mismo.

Suelen ser muy hábiles manejando los inexistentes cuadrantes vecinales. Y tú, que no entiendes nada, te quedas con una cara de gilipollas que alucinas. Por eso yo, hoy, y a través de este patético libro, te voy a ilustrar. Además, te facilitaré las pautas para que no sufras las consecuencias de este extraño fenómeno: tu desgraciada y desafortunada mañana en la que el calvario será tu nueva religión si eres gilipollas y repites otro día más a esas horas.

Continúo… el siguiente hueco libre es totalmente inaccesible, pues corresponde al rival de esa persona del edificio pegado al suyo y otro ser malvado de estos te dirá algo similar pero con un ligero tono de bronca para demostrar a su eterno enemigo que no cederá territorio apasillado (nueva palabreja esta última).

Y los que somos gilipollas, en vez de esperar a que salga alguien de la consulta con una lista nombrando a los tres siguientes en entrar, vamos y la terminamos de cagar cuándo, por culpa de la bajada de defensas que traemos, arremetemos contra nuestra pobre existencia preguntando: “¿El último…?” ¿Es que somos gilipollas? Estamos muertos automáticamente y, en un orden que no acertamos a entender, estos malignos seres de pasillos improvisan un repertorio de respuestas informativas que, si en ese momento nos hacen una foto, la usarían nuestras familias para nuestra lápida. Salta entonces el o la del fondo sur: “Perdone, aquí todos venimos con hora”. Antes de resollar, dice alguien en el fondo norte: “¿Tú, qué hora tienes?”. Mientras intenta, como puede, leer nuestra mente hecha mierda, entre otras cosas porque al abrir la boca la has acabado de liar.

Antes de darnos tiempo a reaccionar, aparece alguien de entre las penumbras del pasillo arrastrando una vieja muleta, forrada prácticamente en su totalidad con vendas, que varios médicos le sugirieron hace años que abandonase, y empieza a aproximarse a ti. Ante nuestros desorbitados ojos, logramos ver con incredulidad cómo su cabeza gira casi trescientos sesenta grados para saludar a todo el mundo. Al mismo tiempo y mucho antes de plantarse a tosernos en la puta cara, ya nos está preguntando qué es lo que nos ocurre para ponerse al día con el nuevo; esto último, a mi entender, es algo verdaderamente siniestro y aterrador y te lo explico así de crudo para que luego no digas que no estabas avisado por el gilipollas que ha escrito este libro.

Para colmo de tus desgracias, el asiento de nuestra izquierda es el suyo y, al sentarse, nos da con las bolsas que trae colgando de la muleta en nuestro dañado y enfermizo cuerpo. Por fin toma asiento y a nosotros se nos escapa una leve pero triste y amarga sonrisa pensando que ya podremos por fin morirnos tirados en esa silla cuando, por sorpresa y milagrosamente, su muleta cae hacia nosotros jodiéndonos el dedo gordo del pie en el que la semana pasada tuvimos un uñero hijo puta que sigue sin curar del todo. Ese es justo el momento en el que se abre la puerta de la consulta y alguien, vestido de blanco como los ángeles, pronuncia nuestro nombre y apellidos. Saltamos de la silla cual gato al que le han puesto un petardo en el culo, pero nuestra alegría se desvanece y queda encerrada como un eco entre las paredes de ese pasillo para siempre cuando nos dicen: “Muy bien, usted tenía hora a las nueve y cuarto, pero vamos con retraso porque el médico sale ahora a una urgencia”. ¡HOSTIA PUTA, ESTAMOS MUERTOS! Ja, ja, ja. Ahora, y no me lo niegues, es cuando nos sentimos como unos auténticos gilipollas que saben lo que les espera y que no salen huyendo a la carrera, llevándose por delante a quien tenga la mala suerte de estar en medio del pasillo de charreta con alguno de nuestros opresores y compañeros de condena. Es en este punto cuando el que está a nuestro lado, el del garfio, perdón, quise decir el de la muleta, comienza a gritar consignas de guerra contra en centro médico al completo, dejándonos sordos y perdidos para siempre, siendo nuestro catarro el menor de nuestros putos problemas. El del garfio, perdón de nuevo, el de la muleta, ese que sin mover un ápice su cuerpo, gira la cabeza hacia su derecha esperando encontrar en ti al incondicional compañero de batalla envenenado con sus insultos a grito pelao y a nuestra desamparada mente, que a estas alturas se encuentra al borde del suicidio para mandarlo todo a tomar por culo, provocándonos una brutal subida de fiebre para desconectar de tan dantesco escenario de impaciencia y crueldad.

Ahora vas, gilipollas, y si tienes cojones te vuelves a poner enfermo. Pero lo más jodido de todo es que nuestro cerebro se convierte en nuestro peor enemigo al abortar la orden de esa maravillosa subida de fiebre y justo hace lo contrario, inmoviliza nuestras extremidades dejándonos parapléjicos, ahí clavados, en esa dura silla de plástico. Nuestras manos se vuelven rígidas y no atinamos a ponernos los auriculares; los temblores se apoderan de nosotros y estamos a punto de perder la visión por una repentina subida de tensión; el rojizo de nuestro rostro comienza a decolorar y pasa a mostrar un pálido tono gris blanquinoso que no pasa desapercibido a cuantos enemigos esperaban nos ocurriese para terminar de recopilar toda esa información que tanto alimenta sus mañanas de gilipollas como yo.

Y comenzamos a sentir que hemos tocado fondo, pero un fondo pacífico en el que los tiburones del Jordi ya se hartaron de mierda y no nos van a comer, prolongando con ello nuestra agonía hasta bien entradas las doce y media de la mañana. En un vano intento por salir de ahí, acertamos como podemos a llamar a nuestro jefe esperando y rogando a Dios que este nos diga que se le amontona el trabajo, que nos tomemos una aspirina, que nos dejemos de hostias y que volvamos al trabajo. Pero nuestra desdicha sigue intentando hundirnos la vida al anular con los gruesos muros de esos pasillos la cobertura del cabrón de nuestro móvil.

En un nuevo acto de valor, y esta vez sin precedentes, nos ponemos a malas penas de pie y recorremos esa milla negra que nos separa de la libertad. Acertamos a ver muy al fondo un trozo de cielo en forma de mostrador repleto de ese tipo de ángeles blancos. Y justo cuando creemos que todo acabará por fin, el del garfio, perdón una vez más, el de la muleta, que se había arrancado en una frenética cacería del acatarrado, nos da un toquecito en el hombro. Dejamos caer todo nuestro peso al suelo de rodillas, cual gladiador cuya vida pende de hacia dónde dirija el pulgar el César, y rompemos nuestras ganas de vivir por la mitad en un ahogado llanto estirando la mano tratando en vano de alcanzar el puesto de los ángeles. Pero el agresor permanece quieto, con una colosal sonrisa y diciendo al mismo tiempo: “No se vaya. Yo no tengo prisa y, si quiere, puede entrar delante de mí cuando regrese el médico”. Y optamos por salir gateando a toda velocidad mientras le gritamos al buen ciudadano: “¡QUE TE DEN POR EL CULO, CABRÓN, NO SOY GILIPOLLAS!”.

¡Ay! Es que yo debo de ser gilipollas cuando no acierto a entender por qué nos seguimos haciendo daño con estas cosas que forman parte de nuestra cultura y vida cotidiana y a las que deberíamos estar superacostumbrados.

OKUPATE DE TUS PUTAS COSAS

Bueno, lo de que te quiten tu casa mientras bajas a comprar el pan o te vas de fiesta, eso sí es comprensible, al menos para nuestro sistema. Porque la escritura de tu casa, para algunos jueces, yo creo que debe de ser algo parecido a esos títulos de dentista de tómbola: funcionan de puta madre para pagar impuestos y demás. Pero cuando te cambian la cerradura de tu puerta pasa como cuando te joden la boca esos falsos dentistas: cambian de sitio y nombre la clínica y ¡ya está! a vivir mientras tú quedas embargado y con la boca hecha una mierda sin que esta maravillosa justicia mueva un puto dedo por ti; y los okupas, con toda las de la ley, optan por no abrirle la puerta ni al de Telepizza.

Y estoy pensando yo, tú que estás leyendo esto… ¿crees que debo de ser gilipollas por no entenderlo? Seguro que has pensado que sí, ¡qué borde me pareces! Si es así, ojalá esta noche, cuando te duermas, entre alguien y te quite esta mierda de libro que estoy escribiendo para que tú también te preguntes si eres gilipollas.

Pero a lo que no hay derecho es a que te metas con los pobres okupas porque ahora les haya dado por coger chalés de lujo, y es que la palabra okupa no tiene por qué ir ligada a pobreza; solo tenemos que ver que algunos, tras ocupar un chalé valorado en algo más de un millón de euros, estaréis conmigo en que los tíos son unas putas maquinas, se han instalado hasta sistemas de seguridad que incluyen video-vigilancia y sensores que detectan a indeseables. Es por ello que los técnicos no salen de ese chalé ni de su asombro cuando estos okupas les llaman a diario porque los dichosos sensores de indeseables no paran de saltar aun no habiendo nadie alrededor de la casa. Y, si tienes cojones, vas y le dices al mierda indeseable okupa que el sensor evidentemente salta por su propia presencia.

Y es que, hermanos de sociedad, una cosa es buscar un techo como sea para vivir dignamente y otra muy distinta es hacerlo a todo trapo cuando además se ha demostrado, según mis amigos del telediario, que la inversión en esos sistemas de seguridad es de un importe y cuantía económica considerables. ¡No me jodas! Que si tienes pasta para eso… ¿no vas a tenerla para pagarte un alquiler y vivir dignamente?

Creo que como ese chalé no es de ningún juez o político, no pasará nada, además, cuando se vayan a por otro mejor, se llevarán todos esos chismes de cámaras y demás con ellos, pero lo harán por tu bien, para no dejar cosas antiestéticas en tu casa. Así verás cómo en el fondo son buena gente. Si yo tengo ese chalé y pasta en el banco, os aseguro que salen echando hostias y pidiendo perdón de rodillas en un par de horas. Pero, eso sí, lo haría de manera clandestina, no vaya a ser que acabe en la cárcel por ser el único que en esta historia haga algo ilegal al contratar a unos matones para echar a esas pobres personas que solo quieren vivir a cuerpo de rey, perdón, quise decir dignamente. ¡Joder, que sois unos intolerantes de mierda!

Ahora, la nueva moda okupacional se basa en, una vez instalados, avisar a la policía y pedirles que hagan un informe como que están okupando esa vivienda. Así, si viene el gilipollas del dueño, no podrá cambiar la cerradura porque para eso está la policía, para evitar que este propietario malhechor eche al pobre okupa.

Por eso yo he pensado que deberíamos informarnos de las direcciones de segunda residencias de estos elementos que cometen injusticias y no ponen al puto okupa en la calle en el acto. Así nos va, utilizando mal los poderes del amo del calabozo. Prosigo (esta palabreja me encanta)… Lo que sugiero es que, tras averiguar estas direcciones, okupemos las casas de esta gentuza que tan mal uso hace de la ley para comprobar cuánto tardan en echarnos y molernos a palos y, así, poder entender por qué esas personas mayores a quienes les han robado sus hogares son una puta mierda para quien ha cometido la injusticia de no ayudarles.

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